La vida
"Un amigo mío acaba de tener un hijo. Me llamó el otro día para tomar un café, y me contó que era el primero, y me habló de la responsabilidad que supone, aunque lo hizo de forma sobria. Tan sólo musitó esto: "ellos crecen". Sé que él me estima, y sé que fue un chiste sutil cuando me preguntó por los consejos que yo --de ser él-- daría a mi hijo para encauzarlo en la vida. Debo confesar que no supe qué responder y que por eso escribo estas notas. Por su hijo y por el de aquellos que conocen perfectamente que ellos crecen.
Y yo, de ser él --que no lo soy-- le diría a mi hijo que lo bueno viene con lo malo, que desde el comienzo de los tiempos hubo quien habló de decadencia, de muerte, de miseria. Que, si bien la miseria, la decadencia y la muerte existen, existe el goce infinito de ser un mortal que vive por tiempo limitado. Que nosotros mismos tendemos a ser nuestros peores enemigos, que aquél a quien haces reír difícilmente tendrá nada contra ti. Que nos bastan pocos pero fieles, que nadie escapa a rendirse cuentas a sí mismo, que el tiempo se acaba pero que es siempre el necesario. Que los padres aman a sus hijos cada hora, que los aman cuando meten la pata y cuando les brindan todo lo que buenamente pueden darles. Que una persona encerrada en sí misma tiene una tarea mil veces mayor que la de aquellos que saben comunicarse, pero que en ocasiones uno debe seguir su instinto más allá de los demás. Que los buenos amigos se conquistan a conciencia y que, con ellos, la vida nunca se devalúa. Que a medida que pasan los años uno desea preferiblemente acostarse con aquellas mujeres con las que le encantaría desayunar a la mañana siguiente: que un abrazo puede valer más que un coito y que, no obstante, un coito vale lo suyo. Que uno a veces aprende a golpes, que el amor duele como duele pagar una factura telefónica pero que no hay distancias si uno puede tener la voz querida presente, aun a través de un hilo telefónico. Que hay que ser obstinado y generoso, que nadie es del todo bueno si no sabe cómo funcionan quienes son malos y que, de significar algo "bueno" o "malo", es preferible ser bueno mil veces, cien mil veces, cien mil veces cien mil veces. Que dicen que la venganza es un plato delicioso, pero que ser vengativo no abre ninguna puerta hacia aquello que llaman "felicidad". Que mis propias respuestas no podrán ser tan preciadas como las que él --aquel que crece-- podrá otorgarse a sí mismo. Que los viejos fueron jóvenes y que los jóvenes aspirarán a ser viejos. Que el amor existe en sus propios términos y vale lo que vale, que da sentido a tantos sinsentidos que uno a veces no sabe ni pide más. Que todos debemos mejorarnos y que difícilmente se puede ayudar a quien no empieza por ayudarse a sí mismo. Que quien no aprende de una mujer es porque cree saberlo todo. Que, obviamente, siempre sabemos muy poco.
No pensé que mi amigo fuera a tomar en cuenta todos estos consejos. Así que, tan sólo, le dije que espere que su hijo aprecie el vino y la vida, los libros y el silencio, las canciones y las amistades. Y, como quien se excusa, añadí: "Que por ti adquiera la conciencia de que, en esta vida, lo único que acaba importándonos son las personas". Mi amigo apuró su café, se le hacía tarde, me dio la mano, se fue. Y allí me quedé, pensando en todo esto, con la conciencia de que la vida sigue aun enfrente de un café frío. El día que tenga hijos, el día en que crezcan --pensé-- espero que un día se acuerden de su padre aunque no me llamen, acaso por la factura del teléfono, acaso porque en el fondo intuyen que nos dijimos pocas cosas, pero las necesarias. Ese día, que hoy no existe, espero que recuerden que su padre también crece."
Extraído del libro Dirección de la derrota, de Íñigo García Ureta
Y yo, de ser él --que no lo soy-- le diría a mi hijo que lo bueno viene con lo malo, que desde el comienzo de los tiempos hubo quien habló de decadencia, de muerte, de miseria. Que, si bien la miseria, la decadencia y la muerte existen, existe el goce infinito de ser un mortal que vive por tiempo limitado. Que nosotros mismos tendemos a ser nuestros peores enemigos, que aquél a quien haces reír difícilmente tendrá nada contra ti. Que nos bastan pocos pero fieles, que nadie escapa a rendirse cuentas a sí mismo, que el tiempo se acaba pero que es siempre el necesario. Que los padres aman a sus hijos cada hora, que los aman cuando meten la pata y cuando les brindan todo lo que buenamente pueden darles. Que una persona encerrada en sí misma tiene una tarea mil veces mayor que la de aquellos que saben comunicarse, pero que en ocasiones uno debe seguir su instinto más allá de los demás. Que los buenos amigos se conquistan a conciencia y que, con ellos, la vida nunca se devalúa. Que a medida que pasan los años uno desea preferiblemente acostarse con aquellas mujeres con las que le encantaría desayunar a la mañana siguiente: que un abrazo puede valer más que un coito y que, no obstante, un coito vale lo suyo. Que uno a veces aprende a golpes, que el amor duele como duele pagar una factura telefónica pero que no hay distancias si uno puede tener la voz querida presente, aun a través de un hilo telefónico. Que hay que ser obstinado y generoso, que nadie es del todo bueno si no sabe cómo funcionan quienes son malos y que, de significar algo "bueno" o "malo", es preferible ser bueno mil veces, cien mil veces, cien mil veces cien mil veces. Que dicen que la venganza es un plato delicioso, pero que ser vengativo no abre ninguna puerta hacia aquello que llaman "felicidad". Que mis propias respuestas no podrán ser tan preciadas como las que él --aquel que crece-- podrá otorgarse a sí mismo. Que los viejos fueron jóvenes y que los jóvenes aspirarán a ser viejos. Que el amor existe en sus propios términos y vale lo que vale, que da sentido a tantos sinsentidos que uno a veces no sabe ni pide más. Que todos debemos mejorarnos y que difícilmente se puede ayudar a quien no empieza por ayudarse a sí mismo. Que quien no aprende de una mujer es porque cree saberlo todo. Que, obviamente, siempre sabemos muy poco.
No pensé que mi amigo fuera a tomar en cuenta todos estos consejos. Así que, tan sólo, le dije que espere que su hijo aprecie el vino y la vida, los libros y el silencio, las canciones y las amistades. Y, como quien se excusa, añadí: "Que por ti adquiera la conciencia de que, en esta vida, lo único que acaba importándonos son las personas". Mi amigo apuró su café, se le hacía tarde, me dio la mano, se fue. Y allí me quedé, pensando en todo esto, con la conciencia de que la vida sigue aun enfrente de un café frío. El día que tenga hijos, el día en que crezcan --pensé-- espero que un día se acuerden de su padre aunque no me llamen, acaso por la factura del teléfono, acaso porque en el fondo intuyen que nos dijimos pocas cosas, pero las necesarias. Ese día, que hoy no existe, espero que recuerden que su padre también crece."
Extraído del libro Dirección de la derrota, de Íñigo García Ureta