Sentimientos comunes
Y de fondo, 2 días, de Lucas Masciano
La experiencia de voluntariado que realicé en Tanzania ha sido un revulsivo para mi vida. Mi escala de valores se ha visto claramente alterada para dar relevancia a lo importante y poner en segundo lado aquello que no merece mi atención. Me hace ilusión leer historias en las que siento reflejado aquello que viví. Me permite volver mentalmente a África, recordar aquello que nuestra sociedad intenta borrar mediante impulsos consumistas i frívolos. Os dejo con un fragmento con el que me sentí plenamente identificado:
-El desierto es la antítesis absoluta de nuestra vida en Europa, esa distancia me permite restablecer la escala de valores. La gente del desierto nos muestra muy claramente qué es lo importante en la vida y qué no lo es.
-Cuente.
-Honran valores que nosotros hemos perdido, como tener tiempo los unos para los otros, respetar a los ancianos y priorizar la familia. También son un ejemplo en su manera de tratar la naturaleza.
-¿Respetuosa?
-Contemplan el desierto como su escenario vital y lo mantienen a través de una explotación cuidadosa. Nosotros, los europeos, vamos al desierto a explotarlo, a obtener petróleo y distintos minerales, y depositamos nuestros desechos nucleares.
-¿Qué imágenes le han conmovido?
-Sobre todo imágenes de personas. Esos niños que llevan dos días caminando con grandes haces de leña sobre la cabeza. Recorren kilómetros para ir a buscarla a un bosque muerto. ¡Y que fácil nos resulta a nosotros encender la calefacción!
-Tenemos suerte, sí.
-Fíjese en esta mujer afgana. Los talibanes obligaron a su familia a abandonar el oasis y vagaba por el desierto desde hacía años. Su marido y tres de sus hijos murieron, otro tenía una deficiencia mental causada por el golpe que le propinó un talibán. Ése es el tipo de historias que oímos, y aun así esa mujer desprendía una fuerza extraordinaria.
-¿Cree que son más fuertes que nosotros?
-Sin duda. Esta abuela, una nómada del Tíbet, se ocupaba de sus cinco nietos porque su hija había muerto. Subsistía con un par de cabras en una tienda a 5.000 metros de altura. Pasamos una noche con ella y nos transmitió una paz interior y una cordialidad que en Europa es difícil de encontrar.
-¿Qué le ha sorprendido de los nómadas?
-Su confianza. Es habitual ver a una familia con su rebaño y, alrededor, ni una brizna de hierba. Los animales van adelgazando cada vez más, pero los nómadas tienen confianza y voluntad de vivir.
-¿Por qué le sorprende tanto?
-En Alemania, como la situación económica ha empeorado tanto, todos se quejan y pierden el ánimo. Y, curiosamente, cada vez ponen más su destino en manos del Estado. Los nómadas luchan para sobrevivir.
-¿Y en qué confían?
-Básicamente en Dios. Pero esa confianza no tiene ninguna base, no sé si es desesperación o fuerza.
-¿No lo sabe?
-Diría que es fuerza. En Sudán, durante la última sequía, encontré a una familia sentada en medio del desierto, sin agua, sin comida y ya sin animales. Decidieron dispersarse para que al menos uno pudiera sobrevivir. Son modos de comportamiento completamente distintos a los nuestros.
-En el trascurrir de los días con ellos, ¿cuál es el sentimiento que más vio aflorar?
-Nunca he visto llorar a nadie en el desierto, ni siquiera a los niños. Hay en ellos una elegancia que se ve en todos sus movimientos, cuando encienden el fuego, cuando sirven el té. No hay nunca un movimiento agresivo. Mantienen la compostura, tienen dignidad, serenidad. El alcohol no existe, no hay drogas, la gente se autocontrola. Pueden ser pobres y llevar andrajos, pero en su actitud hay soberanía.
-La misma soberanía que tienen los árboles y las plantas.
-Cierto, en el desierto los árboles crecen muy lentamente, los de tronco grueso tienen más de 100 años. El cactus saguaro vive cientos de años. Bifurca sus primeros brazos a los 75 años. Y a la edad de 150 o 200 llega a medir 16 metros de altura, pesa más de diez toneladas y tiene cincuenta brazos.
-La vida en el desierto se toma su tiempo.
-Las plantas tienen distintas estrategias de supervivencia, una de ellas es que durante 30 o 40 años están en forma de semilla en el suelo y cuando de pronto hay una lluvia, la semilla tiene mecanismos de protección y no brota inmediatamente, porque podría ser que sólo fuera una lluvia corta. Para decidirse a brotar necesitan varios días de lluvia.
-Hay una que se alimenta de niebla.
-Sí, la Welwitschia mirabillis. Y la tórtola de Senegal se desplaza cada día 70 kilómetros para beber.
-Una vida esforzada.
-Encontré a un hombre muy anciano en medio del desierto, en algún lugar de Chad. "¿Adónde va?", le pregunté. "A la Meca". Todavía le quedaban 2.000 kilómetros. Recorría su camino con alegría.
La experiencia de voluntariado que realicé en Tanzania ha sido un revulsivo para mi vida. Mi escala de valores se ha visto claramente alterada para dar relevancia a lo importante y poner en segundo lado aquello que no merece mi atención. Me hace ilusión leer historias en las que siento reflejado aquello que viví. Me permite volver mentalmente a África, recordar aquello que nuestra sociedad intenta borrar mediante impulsos consumistas i frívolos. Os dejo con un fragmento con el que me sentí plenamente identificado:
-El desierto es la antítesis absoluta de nuestra vida en Europa, esa distancia me permite restablecer la escala de valores. La gente del desierto nos muestra muy claramente qué es lo importante en la vida y qué no lo es.
-Cuente.
-Honran valores que nosotros hemos perdido, como tener tiempo los unos para los otros, respetar a los ancianos y priorizar la familia. También son un ejemplo en su manera de tratar la naturaleza.
-¿Respetuosa?
-Contemplan el desierto como su escenario vital y lo mantienen a través de una explotación cuidadosa. Nosotros, los europeos, vamos al desierto a explotarlo, a obtener petróleo y distintos minerales, y depositamos nuestros desechos nucleares.
-¿Qué imágenes le han conmovido?
-Sobre todo imágenes de personas. Esos niños que llevan dos días caminando con grandes haces de leña sobre la cabeza. Recorren kilómetros para ir a buscarla a un bosque muerto. ¡Y que fácil nos resulta a nosotros encender la calefacción!
-Tenemos suerte, sí.
-Fíjese en esta mujer afgana. Los talibanes obligaron a su familia a abandonar el oasis y vagaba por el desierto desde hacía años. Su marido y tres de sus hijos murieron, otro tenía una deficiencia mental causada por el golpe que le propinó un talibán. Ése es el tipo de historias que oímos, y aun así esa mujer desprendía una fuerza extraordinaria.
-¿Cree que son más fuertes que nosotros?
-Sin duda. Esta abuela, una nómada del Tíbet, se ocupaba de sus cinco nietos porque su hija había muerto. Subsistía con un par de cabras en una tienda a 5.000 metros de altura. Pasamos una noche con ella y nos transmitió una paz interior y una cordialidad que en Europa es difícil de encontrar.
-¿Qué le ha sorprendido de los nómadas?
-Su confianza. Es habitual ver a una familia con su rebaño y, alrededor, ni una brizna de hierba. Los animales van adelgazando cada vez más, pero los nómadas tienen confianza y voluntad de vivir.
-¿Por qué le sorprende tanto?
-En Alemania, como la situación económica ha empeorado tanto, todos se quejan y pierden el ánimo. Y, curiosamente, cada vez ponen más su destino en manos del Estado. Los nómadas luchan para sobrevivir.
-¿Y en qué confían?
-Básicamente en Dios. Pero esa confianza no tiene ninguna base, no sé si es desesperación o fuerza.
-¿No lo sabe?
-Diría que es fuerza. En Sudán, durante la última sequía, encontré a una familia sentada en medio del desierto, sin agua, sin comida y ya sin animales. Decidieron dispersarse para que al menos uno pudiera sobrevivir. Son modos de comportamiento completamente distintos a los nuestros.
-En el trascurrir de los días con ellos, ¿cuál es el sentimiento que más vio aflorar?
-Nunca he visto llorar a nadie en el desierto, ni siquiera a los niños. Hay en ellos una elegancia que se ve en todos sus movimientos, cuando encienden el fuego, cuando sirven el té. No hay nunca un movimiento agresivo. Mantienen la compostura, tienen dignidad, serenidad. El alcohol no existe, no hay drogas, la gente se autocontrola. Pueden ser pobres y llevar andrajos, pero en su actitud hay soberanía.
-La misma soberanía que tienen los árboles y las plantas.
-Cierto, en el desierto los árboles crecen muy lentamente, los de tronco grueso tienen más de 100 años. El cactus saguaro vive cientos de años. Bifurca sus primeros brazos a los 75 años. Y a la edad de 150 o 200 llega a medir 16 metros de altura, pesa más de diez toneladas y tiene cincuenta brazos.
-La vida en el desierto se toma su tiempo.
-Las plantas tienen distintas estrategias de supervivencia, una de ellas es que durante 30 o 40 años están en forma de semilla en el suelo y cuando de pronto hay una lluvia, la semilla tiene mecanismos de protección y no brota inmediatamente, porque podría ser que sólo fuera una lluvia corta. Para decidirse a brotar necesitan varios días de lluvia.
-Hay una que se alimenta de niebla.
-Sí, la Welwitschia mirabillis. Y la tórtola de Senegal se desplaza cada día 70 kilómetros para beber.
-Una vida esforzada.
-Encontré a un hombre muy anciano en medio del desierto, en algún lugar de Chad. "¿Adónde va?", le pregunté. "A la Meca". Todavía le quedaban 2.000 kilómetros. Recorría su camino con alegría.