Volví a nacer pero sin piernas

Hoy publica La Vanguardia una entrevista a Irene Villa, que en 1992 sufrió un accidente cuando tenía 13 años, a pesar de no tener ninguna vinculación con la causa vasca. A raiz de esta aparente desgracia, Irene creció mucho interiormente, el eje de su pensamiento es: Creo que todo está dentro de uno mismo.

"Creo que lo que más sorprendió al mundo fue que no dejáramos de sonreír que nos aferráramos a la vida con la alegría y la ilusión de quienes emprenden una vida juntos o del que consigue el trabajo de su vida. Sin embargo, no teníamos ninguna motivación similar por la que sonreír. Pero lo hacíamos". Irene había perdido las dos piernas.

Tras aquel 17 de octubre de 1992, a la edad de 12 años, volví a nacer. Me siento muy agradecida y orgullosa de esta nueva vida en la que puedo dar voz a tantas víctimas del terrorismo y a tantos discapacitados.

-¿Cómo ha sido el proceso?
-El trago más amargo de mi vida fue cuando descubrí que no tenía piernas. Negando la evidencia que veían mis ojos, lo único que acerté a decirle a la persona que estaba conmigo fue: "Tengo piernas, ¿no?"...

-Hoy, ¿sus valores son distintos?
-Yo estaba en pleno fervor adolescente, quería ser modelo y le daba mucha importancia al cuerpo. Fue muy dramático. Pero todo lo demás fue hermoso: el amor de la gente, la bondad de los médicos, los homenajes...

-¿Y cómo se siente ahora en su cuerpo?
-Desde el momento en que asumes lo que te ha ocurrido sólo queda ir hacia arriba, ya no tienes por qué volver a planteártelo, ni volver a sufrir, ni maldecir a los terroristas. Pensé que había vuelto a nacer pero sin piernas. Mi segunda vida es mejor que la anterior.

-Uno de sus primeros temores adolescentes fue que no encontraría pareja.
-Así es, pero la encontré y demasiado pronto. Uno ha de ser feliz por sí mismo, eso es esencial. Yo quería superar mis limitaciones para ser una persona normal.

-Usted ha superado a los normales.
-La verdad es que he intentado remontar mi vida y al final he obtenido una vida muy intensa y muy bonita. Aunque no tenga piernas, tengo muchas otras cosas. Me siento muy afortunada por tener un espíritu fuerte y por saber y poder valorar las cosas.

-¿Ese espíritu fuerte lo ha desarrollado o nació con él?
-Yo siempre he sido alegre, pero el carácter se forma a base de esfuerzo y de constancia. Tienes que saber que se puede y fijarte en lo positivo, que siempre está.

-¡Qué te dijo tu madre después del atentado?
-"¡Qué guapa estás!" fue el primer comentario. Fuimos capaces de proyectar la atención hacia lo más auténtico de aquella barbarie.

-Entiendo.
-Creo que cada uno lleva su cruz, para unos es física, para otros mental... La mía es andar sin piernas. "De acuerdo", me dije. Me costó tres duros años de rehabilitación aprender a caminar, pero hoy puedo asegurar que las barreras están en la cabeza, hace falta voluntad y sobre todo autoestima, es muy importante aceptarse y quererse.

-Hubo psicólogos que juzgaron su entusiasmo como excesivo.
-"Ahora está muy entera -comentaban-, pero cuando se encuentre sin el apoyo de las visitas y los regalos, y sin piernas, dejará de sonreír". Con eso sólo consiguieron que me topara de frente con la adversidad sin saber si podría esquivarla. Comprobé que no hay nada más nocivo que la falta de esperanza.

-El olvida tu vida anterior, ¿es mentira?
-Totalmente. Ese empeño en que los minusválidos aceptemos las insalvables y nefastas consecuencias incluso antes de que se manifiesten, además de hundirte antes de embarcar, ya está poniendo límites a tu capacidad de superación. Tengo la mente y el corazón sano, y eso no lo cambio por un par de piernas. Es mil veces peor la impotencia que no tener piernas. En serio: no volvería atrás.

-Usted sin piernas ha hecho submarinismo, esquí...
-Los que hemos estado al borde de la muerte nos hacemos esta reflexión: "Me podía haber muerto sin hacer esto y esto otro y aquello..., pues lo voy a hacer". Por fin entiendes que la vida es un regalo.

-De los millones de cartas recibidas, ¿cuáles le ayudaron más?
-La suma hizo milagros. Las releía cuando tenía dolores y me daban una fuerza inmensa. Todas aquellas cartas y la gente que vino a verme me llenaron el corazón de amor y agradecimiento. Conocer a discapacitados también fue esencial. Tenían un espíritu de superación envidiable y una ganas enormes de vivir. Eso me hizo albergar infinitas esperanzas en la nueva vida que me esperaba.

-¿Qué ha sido lo más doloroso?
-Ver que en el País Vasco tratan a asesinos como a presos políticos, les hacen homenajes, no condenan los atentados y les dan dinero a sus familias mientras deniegan toda ayuda a las víctimas.

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