El Diario de Nuria IV
Os dejo aquí la cuarta y última entrega de este apasionante y sentido diario, que tiene de momento un final feliz, que espero siga por mucho tiempo, para Nuria y todas las personas que se encuentran en situaciones difíciles como ella. Muchas gracias Nuria por compartir esta historia con nosotros y por transmitirnos esas ganas de vivir!
Mañana, cuando os levantéis de nuevo, volverá a ser un día maravilloso lleno de pequeños momentos gloriosos unas veces, tristes otros y mediocres los menos, pero al fin y al cabo, una mañana, una tarde y una noche que habréis podido disfrutar. La mayoría de vosotros, sin ningún problema, sin ninguna invalidez o enfermedad que os obligue a esforzaros simplemente por respirar, por abrocharos un botón, por teclear delante del ordenador, por toser, sonreír, andar o simplemente mirar al cielo... Por desgracia, siempre nos sentimos ajenos a todos estos problemas, pensamos que siempre les toca a los demás... Ni nos imaginamos lo que supone cuando los cinco sentidos te fallan, o sólo uno, o cuando todas aquellas acciones que realizamos a diario sin darnos cuenta y con el más mínimo esfuerzo, de repente se transforman en una montaña imposible de escalar...
Ya mí me pasó eso. Tenía todo y me faltó lo más importante: de repente no podía ponerme un jersey, no podía abrocharme los botones ni los cordones de los zapatos, no podía andar más de dos pasos seguidos, me asustaba salir a la calle por si alguien sin darse cuenta me empujaba y me caía y no me podía levantar, me aterrorizaba desmayarme y no abrir más los ojos, estaba debilitada hasta el extremo de no poder mover las piernas, no marcar un número de teléfono, no hablar, no poder dar un biberón a un bebé de tan sólo un kilo y medio (mi Clarita), no poder cogerla en mis brazos cuando lloraba, ni cuando reía, ni probablemente cuando me necesitaba. No volver a poder tener otra Clarita... No ha sido un camino de rosas, os lo aseguro. Tuve varias depresiones, varios momentos de histeria y ansiedad, varios momentos de calma absoluta y muchos, muchos momentos de desesperación.
Duele ver que no soy la persona de antes, que ahora todos y todo gira a mi alrededor y siento que cualquier movimiento, cualquier atisbo de dolor va a encender la luz roja de emergencia en las mentes de todos los que me quieren. A veces me entran ganas de gritar ¡que soy normal! Pero no, en el fondo sé que no lo soy, que tengo cáncer, que existe una espada de Damocles encima de mi cabeza, que desconozco el momento en que caerá, sé que todo pende de un hilo, que no soy nadie... es penoso y desesperante, lo sé, como muchos otros también lo saben y lo sienten. De todas formas sé que la medicina avanza mucho. Lo presiento y lo deseo más que nadie. Y también confío en esos grandes de la medicina -ellos saben a quiénes me refiero-, que no me van a dejar caer, como a nadie de los que están como yo, os lo aseguro.
Y además, ¿sabéis qué?, que tengo una familia fantástica, que se ha encargado de hacerme coletas (cuando tenía pelo, claro), de llenarme vasos de agua, de prepararme la comida y la cena, y el desayuno y la merienda y la segunda merienda, que me duchaban, me bañaban e incluso me hacían compañía cuando dormía. Que tengo un marido que no sólo no se ha asustado, sino que ha sido su fortaleza la que me ha contagiado a mí, su amor el que me ha permitido seguir luchando, su alegría la que ha conseguido que sonría, sus ronquidos los que me han permitido que piense en lo afortunada que soy, su compañía la que me ha aliviado en todo momento.Tengo una hija sana, que desprende energía, la que des-prenden los ángeles (a veces demasiada, os lo aseguro), que me obliga a esforzarme, a sonreír, a jugar, a andar, a quererla y no querer perderla: a vivir. Además, tengo el récord de no estar sola ningún día, ni uno desde aquel 9 de febrero del 2002.
Tengo unos amigos que han movido cielo y tierra para poder hablar con los mejores médicos, han rezado hasta la saciedad, han llorado hasta decir basta, han contagiado su energía positiva y su naturalidad a todo el que les rodeaba y jamás, jamás ha asomado ni una sola lágrima en sus ojos. Tengo un hospital con un equipo sanitario excepcional: médicos, enfermeras, asistentes, recepcionistas y, en general, todos mis ángeles custodios, que ni un día han dejado de apostar por mí, ni han puesto malas caras, ni han desfallecido con mis histerismos, ni han escatimado en esfuerzos y cariños, en amabilidad y amor.
Y sobre todo tengo a Alguien, con mayúsculas, allí arriba, que está harto de escuchar rezos y plegarias y que tiene muy claro que todavía no es mi hora, que me queda todavía mucha lata por dar, que nadie va a poder descansar, porque yo no voy a hacerlo, y que me va a proteger para que así sea, porque Él también me quiere.
Por eso me considero afortunada. ¡Tengo tanta suerte...! Porque además ahora ando, como, me peino, río, lloro, voy al cine, me pongo yo sola un vaso de agua, no me pesa el reloj en la muñeca, me abrocho los botones sola... No corro, pero sé que algún día volveré a hacerlo. Si Dios quiere, volveré a ser como antes. Además, ¡ya tengo pelo! ¿Qué más puedo pedir?
Sé que hay mucha gente que no puede decir lo mismo, que llega después de una sesión de quimioterapia y tiene a sus padres enfermos para cuidar, o que tiene hijos pequeños a los que poner buena cara, o que está sola y no tiene a nadie que la lave, que le ponga un cubo para vomitar o limpiar lo que le ha caído en el suelo. Que hay gente en la soledad de su enfermedad, no comprendida ni aceptada. Y a todos ellos especialmente quiero que llegue mi mensaje de esperanza y de fe.Asus familiares y amigos, el mensa-je de la paciencia y la caridad, que es la más sublime forma de amor. Espero que estos capítulos de mi diario hayan servido para dos cosas: para darnos cuenta de la suerte que nos acompaña a todos aquellos que tenemos ganas de vivir y para que sepamos contagiar esas ganas a aquellas personas enfermas que hayan perdido la fe en sí mismos y en los demás, en las fuerzas, que tantas veces fallan en esta batalla, en valorar lo realmente importante: la vida. Os quiero y os agradezco que hayáis dedicado unos minutos durante estos cuatro domingos para adentraros en los sentimientos y las esperanzas de una persona enferma, pero ¡con todas las ganas de vivir! Cariñosamente, Nuria.
Mañana, cuando os levantéis de nuevo, volverá a ser un día maravilloso lleno de pequeños momentos gloriosos unas veces, tristes otros y mediocres los menos, pero al fin y al cabo, una mañana, una tarde y una noche que habréis podido disfrutar. La mayoría de vosotros, sin ningún problema, sin ninguna invalidez o enfermedad que os obligue a esforzaros simplemente por respirar, por abrocharos un botón, por teclear delante del ordenador, por toser, sonreír, andar o simplemente mirar al cielo... Por desgracia, siempre nos sentimos ajenos a todos estos problemas, pensamos que siempre les toca a los demás... Ni nos imaginamos lo que supone cuando los cinco sentidos te fallan, o sólo uno, o cuando todas aquellas acciones que realizamos a diario sin darnos cuenta y con el más mínimo esfuerzo, de repente se transforman en una montaña imposible de escalar...
Ya mí me pasó eso. Tenía todo y me faltó lo más importante: de repente no podía ponerme un jersey, no podía abrocharme los botones ni los cordones de los zapatos, no podía andar más de dos pasos seguidos, me asustaba salir a la calle por si alguien sin darse cuenta me empujaba y me caía y no me podía levantar, me aterrorizaba desmayarme y no abrir más los ojos, estaba debilitada hasta el extremo de no poder mover las piernas, no marcar un número de teléfono, no hablar, no poder dar un biberón a un bebé de tan sólo un kilo y medio (mi Clarita), no poder cogerla en mis brazos cuando lloraba, ni cuando reía, ni probablemente cuando me necesitaba. No volver a poder tener otra Clarita... No ha sido un camino de rosas, os lo aseguro. Tuve varias depresiones, varios momentos de histeria y ansiedad, varios momentos de calma absoluta y muchos, muchos momentos de desesperación.
Duele ver que no soy la persona de antes, que ahora todos y todo gira a mi alrededor y siento que cualquier movimiento, cualquier atisbo de dolor va a encender la luz roja de emergencia en las mentes de todos los que me quieren. A veces me entran ganas de gritar ¡que soy normal! Pero no, en el fondo sé que no lo soy, que tengo cáncer, que existe una espada de Damocles encima de mi cabeza, que desconozco el momento en que caerá, sé que todo pende de un hilo, que no soy nadie... es penoso y desesperante, lo sé, como muchos otros también lo saben y lo sienten. De todas formas sé que la medicina avanza mucho. Lo presiento y lo deseo más que nadie. Y también confío en esos grandes de la medicina -ellos saben a quiénes me refiero-, que no me van a dejar caer, como a nadie de los que están como yo, os lo aseguro.
Y además, ¿sabéis qué?, que tengo una familia fantástica, que se ha encargado de hacerme coletas (cuando tenía pelo, claro), de llenarme vasos de agua, de prepararme la comida y la cena, y el desayuno y la merienda y la segunda merienda, que me duchaban, me bañaban e incluso me hacían compañía cuando dormía. Que tengo un marido que no sólo no se ha asustado, sino que ha sido su fortaleza la que me ha contagiado a mí, su amor el que me ha permitido seguir luchando, su alegría la que ha conseguido que sonría, sus ronquidos los que me han permitido que piense en lo afortunada que soy, su compañía la que me ha aliviado en todo momento.Tengo una hija sana, que desprende energía, la que des-prenden los ángeles (a veces demasiada, os lo aseguro), que me obliga a esforzarme, a sonreír, a jugar, a andar, a quererla y no querer perderla: a vivir. Además, tengo el récord de no estar sola ningún día, ni uno desde aquel 9 de febrero del 2002.
Tengo unos amigos que han movido cielo y tierra para poder hablar con los mejores médicos, han rezado hasta la saciedad, han llorado hasta decir basta, han contagiado su energía positiva y su naturalidad a todo el que les rodeaba y jamás, jamás ha asomado ni una sola lágrima en sus ojos. Tengo un hospital con un equipo sanitario excepcional: médicos, enfermeras, asistentes, recepcionistas y, en general, todos mis ángeles custodios, que ni un día han dejado de apostar por mí, ni han puesto malas caras, ni han desfallecido con mis histerismos, ni han escatimado en esfuerzos y cariños, en amabilidad y amor.
Y sobre todo tengo a Alguien, con mayúsculas, allí arriba, que está harto de escuchar rezos y plegarias y que tiene muy claro que todavía no es mi hora, que me queda todavía mucha lata por dar, que nadie va a poder descansar, porque yo no voy a hacerlo, y que me va a proteger para que así sea, porque Él también me quiere.
Por eso me considero afortunada. ¡Tengo tanta suerte...! Porque además ahora ando, como, me peino, río, lloro, voy al cine, me pongo yo sola un vaso de agua, no me pesa el reloj en la muñeca, me abrocho los botones sola... No corro, pero sé que algún día volveré a hacerlo. Si Dios quiere, volveré a ser como antes. Además, ¡ya tengo pelo! ¿Qué más puedo pedir?
Sé que hay mucha gente que no puede decir lo mismo, que llega después de una sesión de quimioterapia y tiene a sus padres enfermos para cuidar, o que tiene hijos pequeños a los que poner buena cara, o que está sola y no tiene a nadie que la lave, que le ponga un cubo para vomitar o limpiar lo que le ha caído en el suelo. Que hay gente en la soledad de su enfermedad, no comprendida ni aceptada. Y a todos ellos especialmente quiero que llegue mi mensaje de esperanza y de fe.Asus familiares y amigos, el mensa-je de la paciencia y la caridad, que es la más sublime forma de amor. Espero que estos capítulos de mi diario hayan servido para dos cosas: para darnos cuenta de la suerte que nos acompaña a todos aquellos que tenemos ganas de vivir y para que sepamos contagiar esas ganas a aquellas personas enfermas que hayan perdido la fe en sí mismos y en los demás, en las fuerzas, que tantas veces fallan en esta batalla, en valorar lo realmente importante: la vida. Os quiero y os agradezco que hayáis dedicado unos minutos durante estos cuatro domingos para adentraros en los sentimientos y las esperanzas de una persona enferma, pero ¡con todas las ganas de vivir! Cariñosamente, Nuria.