Lo bueno y lo malo de internet

Cuando Rembrandt o Velázquez pintaban, lo hacían al servicio de un mecenas: un noble o, después, un gran burgués que pagaba sus cuadros y tenía palacios para atesorarlos y gozar en privado de su contemplación.

Hoy están los museos.

Pero las grabadoras baratas y las imprentas de alta calidad permitieron abaratar enormemente los costes de producción artística. Cualquiera podía crear música, incluso destrozarla y darle una imagen y pagar el proceso y mantenerse con un pequeño sueldo.

En teoría, sí.

Eso libera la producción de arte de los gustos de los mecenas.

Pues internet libera más todavía.

¡No! Internet es tan fácil y barato como soporte creativo que deja reducido el proceso artístico a mero impulso: la obra no se concibe, se vomita en la red y ya está.

Hombre, depende.

Es como lo que les ha sucedido a las cartas, convertidas en e-mails. Antes una carta se meditaba, se gozaba, se reescribía y después estaba el momento definitivo de echarla al buzón. Hoy se eructa la primera gracia que se te ocurre y se aprieta el botón ¿dónde está la creación? Creación es contención.

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