Aprender a disfrutar con las cosas buenas que tenemos

La época de vacaciones es propicia para hablar de felicidad. Al fin y al cabo, en nuestro imaginario social se han convertido en una versión ´prêt-à-porter´ de la dicha. Durante todo el año se espera con ansiedad ese tiempo benefactor. Pero una triste ley estadística nos dice que el aumento de expectativas aumenta la probabilidad de decepción. Y lo cierto es que cada vez esperamos más de las cosas, de las relaciones, del mercado, e incluso del Estado. Las vacaciones no se libran de esta pertinaz escalada. Cuando eran, simplemente, un periodo de descanso, era fácil cumplir las expectativas, porque se trataba precisamente de no hacer nada. Era ´il dolce farniente´. Pero pronto comenzaron a ser algo más. No bastaba con descansar, había que divertirse, lo que resulta ya un poco más complicado. Y ni siquiera esto ha sido suficiente. Ahora las vacaciones tienen que ser "experiencias emocionales". Como han señalado muchos expertos, la nueva industria ya no produce objetos, sino que quiere proveer al usuario de "experiencias". Si no me creen, observen la cantidad de anuncios que no insisten en la calidad del producto, sino en la calidad de la experiencia que ese producto proporciona. Queremos vivir en un "supermercado emocional" que nos surta de estremecimientos afectivos.

Con este paisaje al fondo, voy a hablar de la felicidad. Las encuestas que se hacen sobre este asunto son poco de fiar. En España, por ejemplo, más del 70% de la gente dice sentirse satisfecha con su vida, con su trabajo, con su familia. En cambio, cuando se le pregunta cómo cree que se sienten los demás, las respuestas suelen ser muy negativas: la vida está mal; el trabajo, peor; y la familia, ultrapeor. Esta incoherencia patente se debe a que, al menos en España, un cierto pudor impide reconocer que a uno no le van bien las cosas, porque hacerlo se interpreta como el reconocimiento de un fracaso, y eso no le gusta pregonarlo a nadie.

Suele decirse que hay culturas mejor preparadas para disfrutar que otras. Algo así como un ranking del hedonismo. De esa manera suelen enfrentarse los países mediterráneos a los países nórdicos, los trópicos a las zonas frías, el mundo rural al mundo urbano. Es posible que sea cierto, pero sospecho que esas diferencias se van amortiguando porque todas las sociedades sufren un proceso de homogeneización acelerada que las hace - a todas- menos aptas para la felicidad. La pobreza es, sin duda, un grave obstáculo para el bienestar. Pero la opulencia es un serio obstáculo para el sentimiento de bienestar. A esto se refiere el título de este artículo: ¿Por qué si estamos tan bien, nos sentimos tan mal?

Desde un punto de vista objetivo, de acuerdo con los índices de bienestar generalmente aceptados - por ejemplo, los que utiliza la ONU- la situación del mundo desarrollado es muy buena. En nuestro caso, basta comparar la situación actual con la que había en España hace 50 años. Y, sin embargo, es fácil comprobar una insatisfacción básica, que se revela en el número de separaciones y divorcios, las tasas de consultas a psicólogos, psiquiatras y similares, el consumo de tranquilizantes, las depresiones, la violencia, el refugio en las drogas. Es disparatado decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero tal vez haya disminuido nuestra capacidad para disfrutar. La ansiedad y la precipitación nos matan. Valoramos mucho lo que no tenemos, y con frecuencia volvemos a valorarlo cuando lo perdemos. Entre un momento y otro, como afectados de un paréntesis anestésico, las cosas se devalúan. Es como si el presente estuviera infectado por urgencias futuras, que nos mantienen inquietos y distraidos.

Esto tiene una explicación psicológica y otra social. Nuestra percepción del bienestar se ha vuelto ´diferencial´. No tiene que ver con lo que experimento objetivamente. Sólo percibo la diferencia entre lo que esperaba y lo que tengo. Si espero poco, las posibilidades de frustración serán escasas; si espero mucho, por el contrario, serán numerosas. Esto ha sucedido siempre. Lo que ha cambiado en la actualidad es la situación social. La sociedad de consumo es el elemento que unifica todas las culturas y provoca un aumento de bienestar objetivo acompañado de una disminuición de la capacidad para disfrutar de ese bienestar.

Vivimos una "cultura de la incentivación continua del deseo". Esto no había sucedido nunca. Ser codicioso, sentir - como escribe Sartre- mil pequeñas gulas, estremecerse con concupiscencias proliferantes, se consideraba incluso de mal gusto. Las personas no debían ser caprichosas. Ahora el mundo del consumo necesita apoyarse en una maquinaria continua de producción de deseos, promesas de felicidad y fomento de expectativas. Anuncios como "Tú lo vales", "No esperes a poder tenerlo, tenlo ya", "Todo está al alcance de un clic", "Disfruta ahora y no pagues hasta el año que viene", son dispositivos que crean el malestar de nuestra sociedad opulenta, un malestar que me gusta llamar "el nuevo suplicio de Tántalo". Todo está - aparentemente- al alcance de la mano, ofrecido a mí, disponible. Pero cuando decido dejarme arrastrar por esa seducción, el objeto incitante se retira, se vuelve esquivo, se convierte en imposible. No es verdad que un perfume me dé éxito. El mundo de la publicidad me asegura que puedo conseguir todo lo que no puedo conseguir, lo que produce una continuada frustración, una ansiedad que tiene dos únicas salida, como muy bien saben los psicólogos: la depresión o la furia. Depresión y violencia serán - según auguró el útimo Congreso Mundial de Psiquiatría- las grandes plagas del siglo XXI.

Nos hemos metido en un círculo cerrado, en una trampa para osos. Para mantener la producción hay que fomentar el consumo y para fomentar el consumo hay que aumentar los deseos. Lo importante es vivir ´ansiando´ cosas. Pero el sapientísimo idioma nos indica que el ansia y la ansiedad están estrechamente emparentadas. El ´campo de la publicidad´ es símbolo de un mundo irreal. Los publicistas recomiendan que después del "marketing de la necesidad" se pase al "marketing de la frustración". Leo en una revista especializada: "La publicidad nos ayuda a mantener a las masas insatisfechas con su modo de vida, descontentas con lo que les rodea. Los personas satisfechas son peores clientes que las personas frustradas".

Creo que todos necesitamos aprender a disfrutar con las cosas buenas que tenemos. La comparación continua, la mirada al de al lado para ver lo que tiene, lo que consume o lo que nos ofrece, nos sumerge en una inquietud sin salida. Envidio la sensibilidad oriental, en especial la zen, y su capacidad para captar el instante sin codicia. Los sabios griegos consideraban que la "educación para el placer" - para disfrutar adecuadamente- era la meta de toda buena educación. Epicuro, tan denostado por sus enemigos, no decía otra cosa. Escribe a un amigo: "Envíame un tarrito de queso, a fin de que pueda darme un festín cuando me apetezca. Lo insaciable no es el estómago, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que el estómago necesita hartura infinita".

Me temo que este cambio de sensibilidad será difícil de conseguir, porque vivimos "intoxicados de seducción". Estamos dulcemente aprisionados por un sistema muy bien armado de conceptos, creencias, expectativas, instituciones, que nos permite aumentar nuestro bienestar, al mismo tiempo que nos incapacita para ser conscientes de ello. De la tupida y olvidada trama de este sistema, les hablaré otro día.

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