Sobre la voluntad
Hace usted ejercicio?
Menos del que debería.
¿Por qué?
No tengo tiempo.
Nadie tiene tiempo para el esfuerzo si debe decidirse a hacerlo cada vez. Usted no hace ejercicio porque cada día antes de hacerlo se plantea si lo hace.
Debo planteármelo para hacerlo.
Al revés: si lo piensa, no lo hará. Por eso, debe sustituir sus dudas por órdenes. No se plantee "hoy me tocaría correr, pero es que llueve", sino "hoy hago ejercicio como cada día llueva; haga sol o se acabe el mundo".
¿Ordenar es más efectivo que razonar?
Nos cuesta menos obedecer que decidir, porque, antes de poder razonar, seguíamos instintos, automatismos, órdenes. Por eso, si cada vez que debe hacer un esfuerzo se lo plantea, siempre encontrará excusas y no lo hará, porque nuestro cerebro ha evolucionado para economizar energía. Somos vagos.
¿Cuál es la táctica entonces?
Como somos vagos, aproveche la pereza del cerebro, que rehúye las agotadoras discusiones consigo mismo y prefiere cumplir órdenes. Y déselas. No negocie cada vez consigo mismo, sino obedézcase sin pensarlo.
Lo explicó aquí Kahneman: tenemos un cerebro que piensa rápido y otro, lento.
Por eso, el secreto de cumplir sus objetivos es razonarlos sólo hasta que los convierta en un plan que obedecer sin pensar para cumplirlo automática y sistemáticamente. De ese modo, esa orden incómoda se irá convirtiendo en costumbre y después en ley. Y si un día falta a su ley, se sentirá fatal.
Con plan o sin plan, el esfuerzo cansa.
Por eso necesitamos incentivos y desincentivos. Cumplir su orden le costará más al principio, así que debe compensarse con alguna gratificación: cualquier capricho. Prémiese si cumple. Poco a poco, la costumbre de obedecer hará innecesario ese incentivo.
Tiene que ser un incentivo muy gordo para hacerme ir a sudar vestido de lycra.
Al principio, le costará, sí. Después, cuando vaya interiorizando su plan como una regla que no admite dudas ni regateos, la seguirá, porque le será más cómoda la rutina que la decisión. La pereza será aliada del esfuerzo.
Menos del que debería.
¿Por qué?
No tengo tiempo.
Nadie tiene tiempo para el esfuerzo si debe decidirse a hacerlo cada vez. Usted no hace ejercicio porque cada día antes de hacerlo se plantea si lo hace.
Debo planteármelo para hacerlo.
Al revés: si lo piensa, no lo hará. Por eso, debe sustituir sus dudas por órdenes. No se plantee "hoy me tocaría correr, pero es que llueve", sino "hoy hago ejercicio como cada día llueva; haga sol o se acabe el mundo".
¿Ordenar es más efectivo que razonar?
Nos cuesta menos obedecer que decidir, porque, antes de poder razonar, seguíamos instintos, automatismos, órdenes. Por eso, si cada vez que debe hacer un esfuerzo se lo plantea, siempre encontrará excusas y no lo hará, porque nuestro cerebro ha evolucionado para economizar energía. Somos vagos.
¿Cuál es la táctica entonces?
Como somos vagos, aproveche la pereza del cerebro, que rehúye las agotadoras discusiones consigo mismo y prefiere cumplir órdenes. Y déselas. No negocie cada vez consigo mismo, sino obedézcase sin pensarlo.
Lo explicó aquí Kahneman: tenemos un cerebro que piensa rápido y otro, lento.
Por eso, el secreto de cumplir sus objetivos es razonarlos sólo hasta que los convierta en un plan que obedecer sin pensar para cumplirlo automática y sistemáticamente. De ese modo, esa orden incómoda se irá convirtiendo en costumbre y después en ley. Y si un día falta a su ley, se sentirá fatal.
Con plan o sin plan, el esfuerzo cansa.
Por eso necesitamos incentivos y desincentivos. Cumplir su orden le costará más al principio, así que debe compensarse con alguna gratificación: cualquier capricho. Prémiese si cumple. Poco a poco, la costumbre de obedecer hará innecesario ese incentivo.
Tiene que ser un incentivo muy gordo para hacerme ir a sudar vestido de lycra.
Al principio, le costará, sí. Después, cuando vaya interiorizando su plan como una regla que no admite dudas ni regateos, la seguirá, porque le será más cómoda la rutina que la decisión. La pereza será aliada del esfuerzo.