El Diario de Nuria II

Aquí tenéis la segunda parte del Diario de Nuria, donde narra los primeros días después de conocer la terrible enfermedad que padecía.

23 de noviembre

Ante todo, muchas gracias a todas las personas que con sus llamadas, correos electrónicos o personalmente me han felicitado por este diario aparecido en La Vanguardia.Nunca imaginé que iba a tener tanta repercusión. Mi intención tan sólo era la que apunté, escribir una historia real en la que muchas personas seguro que se encuentran inmersas y a las que quizá mis palabras les sirvan de ayuda. Quizá les parezca que su caso es único, que sólo ellas sufren... A esas gentes anónimas les debió pasar como a mí: creer que su caso era sólo su caso, con mayúsculas. Y desgraciadamente, por lo que he podido comprobar, somos muchos, demasiados.

Antes de proseguir con mi historia debo deciros que lo me queda por contar no es un camino de rosas; antes tampoco lo era, no nos vamos a engañar, pero es a partir del diagnóstico cuando empezó lo realmente fastidioso. Recuerdo que el pasado domingo me quedé en la promesa de futuro que nos hicimos mi marido y yo respecto de nuestra nueva lucha, que íbamos a ganar costara lo que costara. Y así fue, yo me acosté pensando que debía sacar lo malo que había dentro de mi cuerpo, aunque fuera difícil. Dirk me había explicado que tenía no una, ni diez, ni cien, sino cientos de bolitas en mi hígado (a las que yo les llamaba "noddles").Yque debían desaparecer, porque mi hígado corría el riesgo de explotar. Entonces ya estaba muy inflamado y podía hacer "chim pum", que es como acaban las canciones.

Total, que esa noche me transmitió lo que él llama "energía positiva" (aprendida por ciencia infusa y por el amor que nos une), que no es otra cosa que concentrarse en el propio cuerpo y pensar: "¡fuera de aquí!, ¡no os quiero en mi cuerpo!, ¡alejaos!". Todo ello poniéndome sobre mi hígado las palmas de las manos, que previamente se había frotado para coger calor. Era como una sesión de esas de Karate kid,pero sin música de fondo ni ningún tatami alrededor. Recuerdo que la concentración de Dirk era increíble y que me pedía que hiciera lo mismo. Yo intentaba no reírme, pero no podía evitar pensar que quizá Dirk se estaba volviendo loco o algo por el estilo, ¡si incluso le caían goterones por la frente! Él se lo tomaba muy en serio, y debo reconocer que cuando terminó su sesión sentí un peso menos en mi cuerpo. No sé, esa sensación hizo que me tomara desde entonces más respetuosamente esas "sesiones de energía positiva". Nos dimos un beso de buenas noches y nos fuimos a dormir con una sonrisa en la cara. Al día siguiente empezaría todo.

Esa noche no dormí nada, tenía los nervios a flor de piel. Sentía que tenía los hombros a la altura del cuello de pura tensión y mi cabeza no paraba de dar vueltas: a ver qué iban a hacerme, cuándo podría salir del hospital, qué me explicaría el médico, si vomitaría como todo el mundo, si se me caería el pelo, qué le pasaría a mi bebé... Aunque, por desgracia, debo reconocer que en aquellos momentos... mucho, mucho, no me importaba lo que iba a suceder con él, ya que me preocupaba más mi estado de salud. ¿Eso es humano, no? Acompañada de mi marido, de las luces de la ciudad y de la televisión de la habitación intenté dormir pensando en todo lo que me podría ocurrir a partir de mañana.

No debo omitir que durante esas horas fui tres o cuatro veces al baño. No, no creáis que os voy a contar mis intimidades, aunque lo único que pido es que os imaginéis la situación: yo no podía incorporarme por mí misma, así que primero, en voz bajita, llamé a Dirk:

-¡Dirki, Dirki, que tengo ganas de ir al baño!

Nada, ronquido ensordecedor. Al final, ya a los gritos:

-¡Dirki, que me lo hago!

Y se levantaba dando tumbos, pobrecito. Yo lo esperaba con la paciencia que me lo permitía la necesidad.Me cogía del cuello con una mano y con otra por la espalda y así me empujaba hacia arriba. Luego me ponía las zapatillas en el suelo y me giraba el cuerpo para que pudiera levantarme. Entonces estaba mi otro acompañante: el soporte que aguanta el suero, culpable de que tuviera que ir al baño constantemente. Le bautizamos con el nombre de Milú,pues nos resultaba más familiar. Así que, caminando como podíamos, Dirk agarrado de mi cintura y yo agarrada a Milú íbamos al lavabo. Una vez dentro prefiero no explicaros el numerito que teníamos que hacer, porque es digno del circo. Sólo recuerdo que cuando terminaba tenía que volver a gritar a Dirk, porque se había quedado dormido sentado en el borde de la bañera. Y otra vez el mismo proceso, pero al contrario: sentarme en la cama, giro de 90 grados a mis piernas y a recostarse. Parece una anécdota, pero ese ritual de paseos al baño ha durado todo el tiempo que he estado internada en el hospital, así que ya os podéis imaginar con qué cara iba Dirk al trabajo cada mañana. Porque al cansancio físico hay que añadir el otro, el que más agota. Pero nunca me faltó su sonrisa matinal. Nunca quiso que nadie le sustituyera.

Al día siguiente comenzó el proceso de colocación de nuevos catéteres, nuevos pinchazos para ver si mi sangre era un poquito mejor y se recuperaba, si mis índices subían, bajaban o se estabilizaban... Dirki estaba ahí, pendiente. Dada su condición de dentista y experto a la fuerza en medicina podía entender los resultados, así que una vez le comunicaban que ya los tenían iba corriendo hacia la recepción para poder analizarlos, asumirlos y a la vez supongo que pensar en cómo me explicaría lo que acababa de leer. Debo reconocer que me sorprendía su facilidad para entender tantos nombres raros y tantos números e índices, pero él sabía, y lo mejor es que sabía como traducírmelo sin que me provocara ningún tipo de disgusto. Me enteré luego de sus largas horas frente al ordenador intentando saber... y entender.

Una vez comenzado el paseíllo de las enfermeras, como siempre con una sonrisa en la cara, poniéndome sueros supongo para limpiar mis riñones antes de comenzar, llegó la hora de recibir mi primer tratamiento quimioterápico. Apareció una de ellas, creo que fue Ángela, con una sonrisa de oreja a oreja y unas bolsas plateadas diciéndome: "¡vamos a empezar!". Eso quería decir que era momento de recibir el chute.

Eran en total cuatro bolsas y duraba aproximadamente cuatro horas, aunque al final siempre se retrasaban y las cuatro se convertían en cinco interminables horas. Digo interminables, porque desde el comienzo mi brazo y mano se convertían en algo rígido que no se movía hasta que no me cambiaban las bolsitas plateadas por las transparentes (en otras palabras, el suero glucosalino, responsable de mis caminos hasta el baño). De todas formas, además de la rigidez de mi brazo, también estaba tensa porque vigilaba que el gotero se vaciara de una manera estable, ya que me colocaban tres bolsas conjuntamente, dos de quimio y otra de agua (supongo que para amortiguar el choque de tanto líquido fuerte en mi sangre). También estaba preocupada por si se cruzaban los cables que histéricamente desenlazaba por si acaso sucedía algo, ya veis qué tontería, si era imposible; pero yo soy así, en los momentos en que me chutaban estaba realmente tensa, con los hombros ya tan subidos que me llegaban a la altura de los ojos. Suerte que estaba acompañada de mi madre (ya que siempre me lo daban a mediodía y Dirk a esas horas trabaja). Miento, también me acompañaban, desde la televisión, M.ª Teresa Campos y Ana Rosa Quintana; he omitido decir que mi madre dormía la siesta con ellas cada tarde, y de rebote, yo.

Pasadas las cinco horas venían a retirarme las bolsitas plateadas y yo me sentía como liberada; obviamente, seguía con mis amigos el suero y Milú,pero eso ya eran palabras menores. Si debes estar conectada 24 horas a un suero y un palo, pues eso, te haces hasta amigo de ellos, aunque reconozco que le pegué unos buenos trompazos a Milú en mis carreras hacia el baño tipo "las muñecas de Famosa se dirigen al portal", puesto que no podía dar las grandes zancadas, ni siquiera levantaba los pies del suelo, los arrastraba. Todo ello sin olvidar el barrigón que tenía; no olvidemos que ya estaba casi de cinco meses.

Ahora me río de aquellos momentos, pero reconozco que la situación era bastante trágica, ya que necesitaba de todos para poder realizar cualquier movimiento.Yaún así recuerdo reír con mi madre. Era esa risa floja que te coge cuando estás con nervios. Ya sabéis, ¡pues esa!

Lo que sí recuerdo como si hubiera pasado hoy es que una tarde de esas silenciosas, con el sol ya casi a punto de ponerse y la habitación iluminada por esos rayos rojizos que crean un ambiente cálido y tranquilizador, mi madre se levantó y vino hacia mi cama. Con esa voz entre infantil y formal me dijo: "¿Sabes qué? Que Dios está ahora mismo en la habitación con nosotras, que lo noto como si flotara a nuestro alrededor protegiéndonos y que, aunque es duro lo que estamos pasando, vamos a salir de ésta, estoy segura, Nuria, saldremos de aquí y todo se convertirá ya en un camino hacia arriba, hacia el éxito, hacia tu curación".

Aquellas pocas palabras se convirtieron en una oración y en una inyección de fe. Fue una rebeldía que me transmitió y que conservo. Desde ese momento supe que si bien me quedaba mucho por lo que luchar nada podría hacerme perder el ánimo, iba a poder con todo lo que se me echara encima: iba a ganar.

Leer la tercera parte

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