El Diario de Nuria III
Esta es la tercera entrega del Diario de Nuria, donde nos explica el nacimiento de su hija a pesar de las sesiones de quimioterapia que estaba recibiendo.
1 de diciembre
¡Y por fin llegó mi padre de Buenos Aires! He de reconocer que, después de más de 15 días encerrada en el hospital, mi estado de ánimo no estaba muy... alto. Así que cuando le vi entrar por la habitación mi sonrisa no fue como me habría gustado que fuera. Me habría gustado recibirle con cara de buena salud, con mis energías recargadas... pero no fue así. Yo ya no estaba por la labor de estar contenta a todas horas. Todo lo contrario, cada vez me pelaba más con Dirk, por tonterías, porque no me tapaba los pies, porque no me contestaba a la primera, porque tardaba más de lo que yo consideraba necesario en acompañarme al baño. Por cosas que realmente no tenían importancia, pero que para mí eran vitales (quienes lo hayan sufrido, me darán la razón). La verdad es que después de cuatro días seguidos de quimioterapia, y de tres bolsas por sesión, mi situación era realmente patética. Mi madre se empeñaba en hacer ver que todo era normal; las enfermeras, con su sonrisa y su paciencia habitual, me recordaban que estaba ahí para curarme. Mercè, Ángela, Sandra, Esperanza, Pepa, Sonia, Ángel, Laura... y un sinfín más de ángeles custodios me cuidaban cada día e intentaban que mi estancia en su hotel fuera, no agradable, pero sí placentera.
Supongo que hoy notaréis que estoy un poco más desanimada. Reconozco que no es un buen día, la gastroenteritis me ha atacado de lleno, pero sé que no debo faltar a mi cita, así que aquí me tenéis, para contaros mi experiencia y continuar con el relato de mi primer ingreso y mis primeras sesiones de quimio.
Como iba diciendo, llegó mi padre de Argentina. Mis hermanos Inma y Josechu se quedaron allí, aunque llamaban constantemente al hospital. Como mi hermana Inma, sufridora donde las haya, que llamaba cada dos por tres a la habitación para ver cómo me encontraba. Ahora me arrepiento de las muchas veces que no cogí el teléfono por vagancia. O, más que vagancia, por una especie de cansancio y las pocas ganas que tenía de hablar. Ella siempre está ahí para lo que necesites, aunque entonces creo que era ella la que necesitaba oír mi voz para tranquilizarse y sé que muchas veces no he podido darle lo que necesitaba. Hoy en día me pregunto la de lágrimas y la desesperación de mis dos hermanos al otro lado del Atlántico, con el resto de familia en Barcelona.
La verdad es que nunca me sentí sola. Por la mañana, sobre las 8.30, llegaba mi padre para sustituir a Dirk que, medio dormido y como siempre tarde, se iba al trabajo con prisas y sin haber desayunado. A mediodía llegaba mi madre a sustituir a mi padre, que, junto a Dirk, venía a comer al hospital. Entonces nos juntábamos varios en la habitación: algunas enfermeras que venían a despedirse hasta el día siguiente; la dietista Dorletta, que me traía toda la comida que quisiera; un médico amigo de la familia, Gonzalo Batista, y gente que en estos momentos no recuerdo. Cuando se iban, mi madre encendía la televisión, y así intentábamos dormir la siesta. Era una escena realmente graciosa: Dirk, que venía tan cansado de no dormir por la noche, compartía sofá cama con mi madre, que no dejaba de decirle: ¡Oye, Dirk, échate un poco para allá, que me tiras de la cama! Más tarde llegaba la merienda, siempre copiosa, ya que mi madre se había propuesto engordarme a marchas forzadas, y lo consiguió, porque acabé siendo una pelota andante.
Ya por la tarde venían los médicos. Cada día un doctor del equipo de mi "ángel de la guarda", el doctor Bellmunt. Me visitaban el doctor Gallardo, sevillano, simpático donde los haya, que siempre me daba buenas noticias y me sacaba una sonrisa de la cara; el doctor Albiols, muy agradable, aunque él no lo sepa, le llamábamos cariñosamente Lenin, por el parecido con el susodicho; el doctor Maroto, quien me salvó de estar algunos días ingresada en el hospital y me daba permisos para que pudiera salir una o dos horitas con mi subclavia, una especie de vía interna que me tuvieron que colocar debido al estado penoso de mis venas. Y es que al finalizar mi segundo tratamiento de quimio sufrí una infección por un virus bastante peligroso que me tuvo 28 días más en el hospital. Las tandas de quimioterapia son de unos seis a siete ciclos cada 21 días. Entonces te liberas esos 21 días del hospital, aunque aquella primera vez, al encontrarme el bichito, me tuvieron que tratar con un antibiótico corrosivo que me hizo polvo los vasos sanguíneos. De ahí lo de la subclavia.
Recuerdo, entre lágrimas, cómo durante aquellos días, si había dos posibilidades, la negativa y la menos negativa, a mí me tocaba siempre el gordo de la lotería. O sea, la negativa.
Lo bueno es que tenía allí a mi padre, que me alentaba a dar pequeños paseos por el pasillo del hospital, que me cogía de la mano cada vez que me pinchaban, que me daba la comida y me pelaba la fruta. Él siempre estuvo ahí, un paso atrás, vigilante y tranquilizador, tierno y amable, constante e infatigable, cuando me asaltaba la ansiedad por querer salir del hospital, cuando lloraba por la mala suerte que tenía, cuando me desesperaba por no poder llevar una vida normal. Siempre con su periódico, pero mirando por el rabillo del ojo a ver cómo me sentía. Ese es mi padre: su mano contagiaba fuerzas y energías; su mirada, tranquilidad y sosiego, y su corazón, amor infinito y sacrificio por su hija.
Todavía recuerdo un día en que se jugaba un partido de fútbol, al parecer importante. Éramos seis en la habitación: mis padres, mi hermana María del Mar -ella no dejó de visitarme un día- con Pedro, que entonces aún era su novio, Dirk y yo. Hacía tres días que me habían chutado la que iba a ser la primera de siete sesiones. Me recuerdo totalmente baja de ánimos, hundida en el almohadón, sin fuerzas para hablar ni para moverme. Pero ellos se empeñaban en alegrarme como fuera, y consideraron que estaría bien ver el partido todos juntos. Cada uno, a escondidas, trajo algo para cenar esa noche: jamón, tostadas, cava (por si ganaba el equipo por el que todos apostaban). Cada vez que entraba una enfermera lo escondían como podían, hasta que al final nos pillaron con el banquete en la mesa. Fue fantástico, todos disfrutamos, incluso yo, que estaba bastante depre.El problema fue que al día siguiente estaba tan baja de defensas que tuvieron que ir todos con mascarillas y creo que la situación se puso un poco peligrosa. En ese momento fue cuando realmente pensé en el chim pum. Recordaba que justo cuando me casé había muerto el tío de Dirk por una bajada de defensas brutal cuando le estaban dando quimio.Estaba realmente aterrorizada. Me sentía débil y fatigada, ya no podía ni mover las piernas, ni andar, ni sentarme en el sillón, ni hablar. Únicamente mi cabeza no paraba de dar vueltas. Quería salir de allí. Entonces llegó mi ginecólogo, Eduardo Cortés, y... ¡todos a la calle¡ Nos sorprendimos, pero lo que en algún momento nos pareció casi injusto fue una acertada decisión.
Como lo fue la de llevar adelante el embarazo. Él fue el responsable de que naciera Clarita. Él y otro ángel mío, mi Lucía, la doctora Ortega. Después de haber recibido cinco sesiones de quimioterapia, con muchas opiniones en contra, apostaron por la vida. "Nuria, esto lo vamos a ganar". Y así fue, Clarita nació sin ningún problema. Los médicos insistían en que no podían asegurar el estado del bebé cuando naciese, lo único que me aseguraban es que nacería calva. Y, ¡mira por dónde!, la única que tenía pelo de la sala de incubadoras era ella. No la pelusilla de todos los bebes, no. ¡Clarita tenía el pelo que a mí me faltaba! Aun después de recibir todo lo que recibió. Era un milagro. Clarita estaba bien, pequeñita, pero bien.
Pero de eso me enteré después de una complicada cesárea. Sólo diré que antes de entrar a quirófano me despedí de toda la familia, como si ya no los fuera a ver más en la vida, con lágrimas en los ojos y sin saber lo que me iba a pasar, puesto que sólo hacía tres días que me habían dado la última tanda de quimio y mi estado era realmente preocupante. Luego me contaron que en la sala de espera estaba toda mi familia y la de mi marido. Estaba incluso Olga, la enfermera jefe, que se puso a llorar cuando les enseñaron el caramelito envuelto en celofán de Clarita. Desde entonces sé que es su madre adoptiva. Como el ginecólogo es su padre adoptivo.YLucía Ortega su otra madre (¡tengo tantas madres, tíos y abuelas a partir de entonces...!). También sé que estaban allí todos aquellos amigos que jamás fallaron, ni un solo día, a su visita rutinaria al hospital. Aun cuando sabían que no iban a poder verme.
También he sabido que a veces uno se ponía a rezar y todos instintivamente le seguían, o se ponían a llorar en silencio, o simplemente transmitían su energía positiva para que me llegara y me aliviara. La persona que siempre recordaré, por su tenacidad, por su perseverancia, por sus horas pegada a la puerta de mi habitación sabiendo que no lograría verme, es mi gran amiga Mariona, siempre pendiente de cualquier noticia nueva, incluso hoy en día. Ella es otro ángel de la guarda, otra hermana.
En fin, aunque hoy haya sido un día fastidioso, el mero hecho de explicaros mis primeros días en el hospital hace que note un poco más de mejoría. Aunque tengo otra novedad, una buena noticia que me anima: los resultados de las analíticas de ayer fueron mejor de lo esperado.Y es que todavía me falta un poquito... pero no hay poquito que se me resista, os lo aseguro.
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1 de diciembre
¡Y por fin llegó mi padre de Buenos Aires! He de reconocer que, después de más de 15 días encerrada en el hospital, mi estado de ánimo no estaba muy... alto. Así que cuando le vi entrar por la habitación mi sonrisa no fue como me habría gustado que fuera. Me habría gustado recibirle con cara de buena salud, con mis energías recargadas... pero no fue así. Yo ya no estaba por la labor de estar contenta a todas horas. Todo lo contrario, cada vez me pelaba más con Dirk, por tonterías, porque no me tapaba los pies, porque no me contestaba a la primera, porque tardaba más de lo que yo consideraba necesario en acompañarme al baño. Por cosas que realmente no tenían importancia, pero que para mí eran vitales (quienes lo hayan sufrido, me darán la razón). La verdad es que después de cuatro días seguidos de quimioterapia, y de tres bolsas por sesión, mi situación era realmente patética. Mi madre se empeñaba en hacer ver que todo era normal; las enfermeras, con su sonrisa y su paciencia habitual, me recordaban que estaba ahí para curarme. Mercè, Ángela, Sandra, Esperanza, Pepa, Sonia, Ángel, Laura... y un sinfín más de ángeles custodios me cuidaban cada día e intentaban que mi estancia en su hotel fuera, no agradable, pero sí placentera.
Supongo que hoy notaréis que estoy un poco más desanimada. Reconozco que no es un buen día, la gastroenteritis me ha atacado de lleno, pero sé que no debo faltar a mi cita, así que aquí me tenéis, para contaros mi experiencia y continuar con el relato de mi primer ingreso y mis primeras sesiones de quimio.
Como iba diciendo, llegó mi padre de Argentina. Mis hermanos Inma y Josechu se quedaron allí, aunque llamaban constantemente al hospital. Como mi hermana Inma, sufridora donde las haya, que llamaba cada dos por tres a la habitación para ver cómo me encontraba. Ahora me arrepiento de las muchas veces que no cogí el teléfono por vagancia. O, más que vagancia, por una especie de cansancio y las pocas ganas que tenía de hablar. Ella siempre está ahí para lo que necesites, aunque entonces creo que era ella la que necesitaba oír mi voz para tranquilizarse y sé que muchas veces no he podido darle lo que necesitaba. Hoy en día me pregunto la de lágrimas y la desesperación de mis dos hermanos al otro lado del Atlántico, con el resto de familia en Barcelona.
La verdad es que nunca me sentí sola. Por la mañana, sobre las 8.30, llegaba mi padre para sustituir a Dirk que, medio dormido y como siempre tarde, se iba al trabajo con prisas y sin haber desayunado. A mediodía llegaba mi madre a sustituir a mi padre, que, junto a Dirk, venía a comer al hospital. Entonces nos juntábamos varios en la habitación: algunas enfermeras que venían a despedirse hasta el día siguiente; la dietista Dorletta, que me traía toda la comida que quisiera; un médico amigo de la familia, Gonzalo Batista, y gente que en estos momentos no recuerdo. Cuando se iban, mi madre encendía la televisión, y así intentábamos dormir la siesta. Era una escena realmente graciosa: Dirk, que venía tan cansado de no dormir por la noche, compartía sofá cama con mi madre, que no dejaba de decirle: ¡Oye, Dirk, échate un poco para allá, que me tiras de la cama! Más tarde llegaba la merienda, siempre copiosa, ya que mi madre se había propuesto engordarme a marchas forzadas, y lo consiguió, porque acabé siendo una pelota andante.
Ya por la tarde venían los médicos. Cada día un doctor del equipo de mi "ángel de la guarda", el doctor Bellmunt. Me visitaban el doctor Gallardo, sevillano, simpático donde los haya, que siempre me daba buenas noticias y me sacaba una sonrisa de la cara; el doctor Albiols, muy agradable, aunque él no lo sepa, le llamábamos cariñosamente Lenin, por el parecido con el susodicho; el doctor Maroto, quien me salvó de estar algunos días ingresada en el hospital y me daba permisos para que pudiera salir una o dos horitas con mi subclavia, una especie de vía interna que me tuvieron que colocar debido al estado penoso de mis venas. Y es que al finalizar mi segundo tratamiento de quimio sufrí una infección por un virus bastante peligroso que me tuvo 28 días más en el hospital. Las tandas de quimioterapia son de unos seis a siete ciclos cada 21 días. Entonces te liberas esos 21 días del hospital, aunque aquella primera vez, al encontrarme el bichito, me tuvieron que tratar con un antibiótico corrosivo que me hizo polvo los vasos sanguíneos. De ahí lo de la subclavia.
Recuerdo, entre lágrimas, cómo durante aquellos días, si había dos posibilidades, la negativa y la menos negativa, a mí me tocaba siempre el gordo de la lotería. O sea, la negativa.
Lo bueno es que tenía allí a mi padre, que me alentaba a dar pequeños paseos por el pasillo del hospital, que me cogía de la mano cada vez que me pinchaban, que me daba la comida y me pelaba la fruta. Él siempre estuvo ahí, un paso atrás, vigilante y tranquilizador, tierno y amable, constante e infatigable, cuando me asaltaba la ansiedad por querer salir del hospital, cuando lloraba por la mala suerte que tenía, cuando me desesperaba por no poder llevar una vida normal. Siempre con su periódico, pero mirando por el rabillo del ojo a ver cómo me sentía. Ese es mi padre: su mano contagiaba fuerzas y energías; su mirada, tranquilidad y sosiego, y su corazón, amor infinito y sacrificio por su hija.
Todavía recuerdo un día en que se jugaba un partido de fútbol, al parecer importante. Éramos seis en la habitación: mis padres, mi hermana María del Mar -ella no dejó de visitarme un día- con Pedro, que entonces aún era su novio, Dirk y yo. Hacía tres días que me habían chutado la que iba a ser la primera de siete sesiones. Me recuerdo totalmente baja de ánimos, hundida en el almohadón, sin fuerzas para hablar ni para moverme. Pero ellos se empeñaban en alegrarme como fuera, y consideraron que estaría bien ver el partido todos juntos. Cada uno, a escondidas, trajo algo para cenar esa noche: jamón, tostadas, cava (por si ganaba el equipo por el que todos apostaban). Cada vez que entraba una enfermera lo escondían como podían, hasta que al final nos pillaron con el banquete en la mesa. Fue fantástico, todos disfrutamos, incluso yo, que estaba bastante depre.El problema fue que al día siguiente estaba tan baja de defensas que tuvieron que ir todos con mascarillas y creo que la situación se puso un poco peligrosa. En ese momento fue cuando realmente pensé en el chim pum. Recordaba que justo cuando me casé había muerto el tío de Dirk por una bajada de defensas brutal cuando le estaban dando quimio.Estaba realmente aterrorizada. Me sentía débil y fatigada, ya no podía ni mover las piernas, ni andar, ni sentarme en el sillón, ni hablar. Únicamente mi cabeza no paraba de dar vueltas. Quería salir de allí. Entonces llegó mi ginecólogo, Eduardo Cortés, y... ¡todos a la calle¡ Nos sorprendimos, pero lo que en algún momento nos pareció casi injusto fue una acertada decisión.
Como lo fue la de llevar adelante el embarazo. Él fue el responsable de que naciera Clarita. Él y otro ángel mío, mi Lucía, la doctora Ortega. Después de haber recibido cinco sesiones de quimioterapia, con muchas opiniones en contra, apostaron por la vida. "Nuria, esto lo vamos a ganar". Y así fue, Clarita nació sin ningún problema. Los médicos insistían en que no podían asegurar el estado del bebé cuando naciese, lo único que me aseguraban es que nacería calva. Y, ¡mira por dónde!, la única que tenía pelo de la sala de incubadoras era ella. No la pelusilla de todos los bebes, no. ¡Clarita tenía el pelo que a mí me faltaba! Aun después de recibir todo lo que recibió. Era un milagro. Clarita estaba bien, pequeñita, pero bien.
Pero de eso me enteré después de una complicada cesárea. Sólo diré que antes de entrar a quirófano me despedí de toda la familia, como si ya no los fuera a ver más en la vida, con lágrimas en los ojos y sin saber lo que me iba a pasar, puesto que sólo hacía tres días que me habían dado la última tanda de quimio y mi estado era realmente preocupante. Luego me contaron que en la sala de espera estaba toda mi familia y la de mi marido. Estaba incluso Olga, la enfermera jefe, que se puso a llorar cuando les enseñaron el caramelito envuelto en celofán de Clarita. Desde entonces sé que es su madre adoptiva. Como el ginecólogo es su padre adoptivo.YLucía Ortega su otra madre (¡tengo tantas madres, tíos y abuelas a partir de entonces...!). También sé que estaban allí todos aquellos amigos que jamás fallaron, ni un solo día, a su visita rutinaria al hospital. Aun cuando sabían que no iban a poder verme.
También he sabido que a veces uno se ponía a rezar y todos instintivamente le seguían, o se ponían a llorar en silencio, o simplemente transmitían su energía positiva para que me llegara y me aliviara. La persona que siempre recordaré, por su tenacidad, por su perseverancia, por sus horas pegada a la puerta de mi habitación sabiendo que no lograría verme, es mi gran amiga Mariona, siempre pendiente de cualquier noticia nueva, incluso hoy en día. Ella es otro ángel de la guarda, otra hermana.
En fin, aunque hoy haya sido un día fastidioso, el mero hecho de explicaros mis primeros días en el hospital hace que note un poco más de mejoría. Aunque tengo otra novedad, una buena noticia que me anima: los resultados de las analíticas de ayer fueron mejor de lo esperado.Y es que todavía me falta un poquito... pero no hay poquito que se me resista, os lo aseguro.
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